Cuando éramos niños tratábamos
de atraparlas.
Corríamos y saltábamos con un manojo de ramas en la mano.
Amarillas.
Con algo de descuido y algo más de
ignorancia las poníamos en esos frascos gordos de aceitunas y le poníamos
flores para que coman.
Anaranjadas.
Queríamos alcanzarlas a todas pero volaban alto y
cambiaban de dirección rápidamente, nos
reíamos tanto que parecía que volábamos con ellas.
Azules.
Conocí a alguien que las ponía entre las
hojas de una biblia, muy triste. La única hoja del libro
escrita por Dios.
Verdes.
No vivíamos en plena capital, pero tampoco
en el campo. Era una ciudad sin edificios con algunas calles de tierra y
algunos terrenos baldíos.
Moradas.
La primavera nos saludaba con sus guirnaldas vivas. A veces, confundida, alguna se posadas en nosotros y por un instante, éramos una flor.
Blancas.
Temprano por las mañanas estaban más
ocupadas libando y por las tardes hacían una fiesta de colores en mi jardín. Nos
rodeaban.
Marrones.
Tengo un
niño de 8 años y un pequeño de 4 y creo que vieron solo dos o tres
mariposas en sus vidas. Solo dos o tres.
Celestes.
Las cosas cambian con el tiempo, y parece
que el pasado siempre fue mejor, pero las mariposas no, por favor, no las mariposas! Que tengo que enseñarles a
mis hijos a volar.
José
Luis Ripa

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